Si te digo dónde radica el problema nos vamos a pinchar con alguna espina del ramo de rosas que no me has regalado y aún sigo esperándolo. Traviesas son las rosas de ésta historia, que aún siendo de todos los colores se llaman con el único adjetivo que se le olvidó ser a la vida. Más bien van tornándose a oscuro, sincronizadas con el abismo negro de esas pupilas que se dilatan un poquito cada vez que me dices mentiras. Te voy a matar. Así, literal. Te voy a matar porque en vida no sé lo qué hacer contigo y porque muerto el perro se acaba la rabia. Porque una vez me enseñaste a esconder cadáveres (las sonrisas siguen muertas) y meter toda ésta rabia en el maletero de un coche para acelerar al entrar en la primera curva del olvido que vea, no me disgusta tanto como la idea de convivir haciendo daño a fuego lento. Poquito a poco. Estamos hechos el uno para el otro, aunque la verdad es que yo solo encajo en tu vida cuando me olvido de la mía; y más de una vez he vivido de despistes. Tú solo lo haces cuando yo te dejo un hueco, pero entiendo que ni quieras ni puedas quedarte, se hace demasiado estrecho e insignificante cuando me estiro a mis anchas hasta partirme en dos. No es un desdoblamiento, algo suena por dentro y el corazón también se rompe. Pero nunca, nunca, quiere doble.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario