Hay un fin de año que parece fin del mundo. No vendrá un meteorito a partirnos en dos, ya hace tiempo que nos apostamos a rompernos y ganamos. Si por mi fuera me quedaría a solas contigo y con todo el mundo, en un silencio muy largo, muy cómodo, y mirándonos a los ojos sin tener absolutamente nada que decir y todo que sentir. Hay un lenguaje que no entiende de palabras, será ese, junto con el de tus manos cuando tocan alguna planta, y aunque sin mucho cariño, las hacen durar más de dos inviernos. Yo te digo que las probabilidades de que salga bien son reducidas y tú me dices que al menos existe la estadística. Somos seres cambiantes, me alegro por ello. No me gusta la estaticidad de lo cómodo ni los lugares que has estado tanto tiempo que ya te lo han contado todo, pero aún así me pregunto cuántas maletas quedan por hacer y si al deshacer la última mi ropa interior se revolverá en el cajón de la tuya hasta enamorarse. No sé qué pasará mañana, pero esta noche daría la mayoría de las cosas que tengo por poder verte si quiera de lejos, verte como eres con tu familia, con tu gente, verte celebrar, verte sonreír, verte feliz, esta noche desearía que quisieras verme al menos un minuto. Esta noche apenas harían falta unos segundos para regalarte mi vida sin condición alguna. Porque lo sabes, si no estás, las noches se convierten en años.
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