Era una despedida de estación. Habíamos llegado a ese punto en el que el andén era la frontera y ninguno de los dos sabía qué decir. Creo que llevaba toda la tarde llenándome de él, me sentía entera y a la vez, con unas enormes ganas de llorar. Tenía los sentimientos algo menos agujereados que la última vez, me sentía blanda, tibia, como el flan de chocolate que estuvo minutos antes tiritando en la mesa del restaurante. Me iba a desbordar de él en cualquier momento, porque los ojos me sabían a sal y la garganta llevaba una lazada preciosa encima del nudo que se me había atado para no soltar ni una sola palabra. Para no arrancar con una mentira y aparcar con alguna verdad en doble fila. No sé cuántos trenes pasaron ni cuántos dejamos perder, pero yo arañé hasta el último minuto con él. Porque a pesar de los sentimientos, del flan, el nudo, y los trenes que habían pasado, a su lado me sentía a salvo. Era la sensación de haber vuelto a casa después de años, y aunque con algunas cosas cambiadas de sitio, reconocía todos sus rincones. Porque los lugares donde más feliz se ha sido son a los que volverías millones de veces. Porque a veces, esos lugares son personas. Porque a casa siempre se quiere volver. Porque él es casa. Nunca supe qué es lo que amé exactamente, pero él te invitaba a la vida de esa manera en la que vivirías hasta nacer. Entonces nos despedimos y me subí al tren diciéndole que era el último que me llevaba a casa, pero le mentí. Casa ya no era un lugar. Era un momento. Y era con él.
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