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Era sentir la palabra mandato y ya su piel se erizaba y su bajo vientre respondía.
Su boca se secaba, le costaba tragar saliva
mientras esperaba expectante la orden de su amo, deseosa por cumplir, por sentir la sumisión en su piel, en cada terminación nerviosa de su cuerpo.
Su entrega le salía del alma. Veneraba cada palabra. Cada perra de sus labios. Y se dejaba embriagar por el sentir de cumplir sus órdenes, sin debatir, sin juzgar. Solo por el hecho de ser sometida a su voluntad.
Se acaricia a sus palabras, a sus órdenes a sus deseos. Sin rechistar, dejando que entre en su mente. Invadiendo todo de ella, no solo su cuerpo, su alma. Ella era esa parte de Su Señor que el atesoraba.
Era su puta, su perra. Suya. Su niña.
Y él era Su Señor. Su entrega.

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