Mi voz te saluda. Y se enfría una garganta en llamaradas.Soy de tus labios para adentro el filtro más siniestro,
la melodía que consuela, el silencio subido de tono,
corajudo el aire que respiras en tu pecho, si es único,
es porque del abánico ha partido su penumbra y su osadía.
Desencantado te oí como un llanto en el cascarón de la noche,
busqué el umbral, la soledad infame, llenarme de un fulgor,
y aparecer como el hombre desde su dentadura postiza,
cerrando el áspero corazón detrás de tu simpleza, maravilla mía.
Te canté preludios y sermones, como a una doncella silente,
supuse embriagarte mientras los cuatro costados del mundo
te estiraban la mano, dándote monedas y un auxilio impenitente,
aprisioné el pausado ritmo con que desvestías tu color de arena,
y en una playa terminaron lágrimas amargas para tu despedida.
Siempre quise abrazarte con total sumisión, pero más pudo
la costumbre, esa sola idea de llenarte el alma, ese solo afán
de amarte con el tenedor en la sopa y la cuchara en un paladar
sin forma.Después de tu cuerpo, la sangre hierve,
el colapso se genera como un encadenamiento,
como la crispación de los sentidos, la lujuria permanente,
el sollozo que despierta a la misma eternidad,
y mis resbaladizos dedos apretados en torno tuyo.
¡Dónde decirte que desfallezco!
La casa está vacía porque tu alma derribó el pasado,
devolviéndome en pedazos la caricia en ese pequeño
rincón de nuestro cuarto, allí donde alcanzaba el perdón
y esa humana manera de decirnos adiós sin ni siquiera
mostrarnos, balbuceando como en silencio, que nuestro
cielo se cubría de hielo y humo blanco.
Desde mi refugio apresuro la marcha para encontrarte.
¿Será que cuando te vea, te apriete los pechos como
asimilando el ser tuyo de la nada?
¿O es apenas la memoria que sostiene el rito doloroso,
la miseria de unos besos, ese escondrijo donde suelo palparte?
Que nada digas ya es como tenerte a pinceladas,
saberte distanciada como el origen del mal a sus entrañas,
o como la miel que derrochan pueblerinas danzantes,
o la sal que te distrae cuando logras dar la vuelta y todo escapa.
Sólo se que te veo perfecta, disipada o llena de colores,
distraída de todas las noblezas o inmundicias de este mundo,
aparcada en vuelo firme, donde sólo las estrellas calzan
ese azul profundo, que el mar sostiene como una marejada.
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