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Ya se apagaron los celestes fuegos. Ahora el paisaje es como un gran latido palpita un manso anhelo de ternura en su regazo lírico, en tanto que con gracia sosegada se despereza el suelo estremecido. El labio innumerable de la brisa me acaricia solícito. Juego de luces: suave como un bálsamo, el ámbito humedece de amarillo temblor la luz difusa del éxtasis muriente vespertino, y en ella se disuelve la que derrama tibio el farol con su pulpa azucarada y su aureola verdosa. Se oye el tímido pestañear del lucero de la tarde, solo en el infinito. Es todo aéreo, frágil, luminoso. Todas las cosas son como suspiros que del alma del mundo, tierna y grande, se escapasen furtivos. Y yo siento en mi alma còmo nacen las alas milagrosas del espíritu.

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