En el principio fue el silencio. Los ojos encendidos. Un presagio suspendido de un hilo de sombra flotaba en el tiempo. Las miradas cayeron como cae la noche, como una gota de licor prohibido, que se derrama por el borde de las bocas. hasta la frontera de lo incierto. Alguna fuerza ató los labios que se acercan como dos astros oscuros. Se aproximan lentamente en la penumbra mientras el mundo se llena de ausencias. La vida nació en el primer contacto y se extendió a lo largo de los cuerpos durante ese instante eterno en el que el beso no es beso sino misterio y anhelo, y asombrado descubrimiento. Luego es saciada una sed antigua. Luego un contrapunto de desenfrenos. Un beberse de las almas. Un devorarse de los cuerpos. Un regreso a casa Una comunión, un sólo silencio. No hay verso que atrape eso que llamamos amor, el misterio dulce y simple, ese, nuestro secreto. Cuando el alma se hace aliento, Y el aliento beso, toda palabra sobra. ¿Qué importa que no sepamos nombrarlo? Más allá de esa ilusión que llamamos carne, más allá de esa mentira que llamamos tiempo, el amor nos habita de nuevo en cada beso.
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